Comenzó dando las gracias por el afectuoso recuerdo de los concurrentes hacia su ilustre padre, que con tanto amor se había sacrificado por España.
Demostró que los que deshonran a la Patria son los que toman su nombre para ir a hablar mal de ella en el extranjero.
Hizo una apología de la obra de la Dictadura, fijándose en la pacificación de Marruecos, en el restablecimiento del orden, en la elevación de la economía española y del crédito de España, en las carreteras, en los ferrocarriles, y terminó diciendo que todo aquello era obra de su padre.
Al final, José Antonio recogió las alabanzas que le había dirigido el señor Rodríguez Soto, haciendo la confesión de que no se le había despertado la vocación política hasta que recibió en Madrid el telegrama que le anunciaba la muerte de su padre (1).
"Este telegrama -dijo- fue la orden que me obligó a abandonar los quehaceres de mi carrera y a salir de mi casa para impedir que vuelva a España aquel régimen de que nos libraron los hombres de la Dictadura."
Añadió que no ambicionaba el Poder, y sí sólo que la obra de regeneración nacional no retroceda ni se detenga, para evitar el oprobio que de esto nos sobrevendría.
Dedicó un poético canto a la belleza de la mujer, y un recuerdo de afecto a los hermanos que tenemos emigrados en América, a la Galicia de allende los mares, que constituye la moderna y más duradera fortaleza de España, pues está edificada con materiales tan nobles como son el trabajo, el tesón y el sacrificio abnegado de una raza.
Terminó aconsejando a todos los españoles que nos amemos siempre como hermanos.
La Región, Orense, 20 de noviembre de 1938.