Ya era mucho el haber logrado que entraran los socialistas en un Gobierno que no era de clase, sino que aspiraba a ser Gobierno nacional. Los socialistas –no hay que ocultarlo– formaban el partido más serio de cuantos trajeron la República y de cuantos perdieron la Monarquía; eran tenaces, disciplinados, abnegados muchos de ellos y casi todos excelentes organizadores. Lo que tiene de repelente el socialismo –exclusivismo de clase, materialismo, antinacionalidad –parecía disuelto en la emoción patriótica con que un pueblo, casi unánime en la alegría, imaginaba zarpar hacia rumbos mejores. Así, el socialismo infundiría a la República su profundo contenido de justicia social sin convertirla en República de clase.
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Desde el 14 de abril de 1931 han corrido tres años. Los gobernantes de la República se las arreglaron para hacerla pronto inhospitalaria. Lo que pudo ser un régimen nacional fue achicado por sus guardianes hasta trocarlo en régimen de secta Fue puesto en uso, como casacón apolillado, al que se acudía a falta de mejor ropa, el más rancio anticlericalismo. Y, lo que es aún peor, se empezó a pagar con trozos de España, traicionando la voz de lo nacional, servicios prestados a la secta. La que iba a ser República de todos los españoles ya estaba casi reducida a República de antiespañoles.
Pero, a falta de lo nacional, quedaba lo social todavía. Empresa incompleta –manca–, pero empresa aún: media empresa al menos. Hasta que triunf6 en las urnas el Parlamento que ahora tenemos la felicidad de gozar.
Este Parlamento se compone, en su mayoría, de radicales y diputados de derecha vicerrepublicana. El partido radical, en otro tiempo furibundo revolucionario, es hoy un modelo de prudencia; lo que se llama un verdadero "partido de orden". Y las derechas vicerrepublicanas no hay que decir. Todo lo que Azaña y los socialistas llevaron a cabo en el famoso bienio se va a borrar del mundo: ha terminado la revolución social.
Y en cuanto a lo nacional, mejor es no decir nada. Nunca se ha visto Parlamento con menos sentido histórico que el Parlamento presente. Todos los partidos "de orden" más o menos adheridos al régimen parecen limitar su ambición a que haya "autoridad es decir, no a que se remedien los profundos motivos de desesperación popular, sino a que esa desesperación no se manifieste con demasiado ruido.
Lo que no podía entender nadie es para qué se hizo una revolución, si las dos vetas de sustancia revolucionaria, la nacional y la social, iban a abandonarse tan pronto. Ni cuál es la diferencia, salvo en lo que se ha perdido en lo suntuario, entre la República de orden que nos han deparado estos republicanos conversos y aquellos buenos tiempos en que gobernaba el viejo partido conservador.
FE, núm. 10, 12 de abril de 1934